Durante años se ha repetido la idea de que cuidar es aguantar, callar y darlo todo sin límites.
Este modelo de cuidado, basado en el sacrificio, está agotado y hoy genera desgaste emocional, físico y relacional.
Cuando una cuidadora se rompe, el cuidado también se rompe.
Cuando una familia actúa desde la urgencia y el miedo, el vínculo se debilita.
Cuidar no es desaparecer, es estar presente con conciencia y criterio.
El cuidado digno necesita límites claros.
No para endurecer el vínculo, sino para protegerlo.
Poner límites no es falta de amor, es responsabilidad.
El cuidado consciente reconoce que nadie puede sostener a otro si se abandona a sí mismo.
Por eso, la formación, el acompañamiento y el respeto son hoy la base de un cuidado profesional y humano.
Volver a lo esencial no es retroceder.
Es recuperar la forma antigua de cuidar: con presencia, respeto y tiempo,
pero con la claridad y la profesionalización que el presente exige.
Cuidar no es dar la vida.
Es sostenerla con dignidad, también la propia.




